Manual para Perversos

Manual para Perversos

sábado, 30 de noviembre de 2013

POR LA FINAL DEL FUTBOL

MANUAL PARA PERVERSOS
Por la final de futbol
José I. Delgado Bahena

“Cuando tengas la noticia que quiero, me llamas; mientras, mejor abstente de hacerlo. Ah, y deja de inventar cosas, no metas a mi amigo Fede en esto”, le dije ayer, mientras veía detenidamente el auricular del teléfono, antes de colgarle descargando mi furia sobre el aparato.
Era la quinta noche en que me encontraba solo, en casa, sin Martha Elena, mi mujer; ni Paulinita, mi pequeña hija, mi adoración, mi razón de vivir.
Ella, mi mujer, se fue de la casa a causa de un chismoso que la puso al tanto de que yo estaba en la final de futbol, de primera fuerza, en los campos deportivos, en compañía de Minerva, mi compañera de trabajo que, a decir verdad, siempre me había gustado y, por lo que pude comprobar, indiferente no le era.
Tal vez por eso, Mine aceptó ir conmigo al juego. Todo lo planeamos en la tienda, y Fede, otro compañero del centro comercial donde laboro desde hace dos años y con quien hacía pocos días habíamos entablado una seria amistad, también “se invitó” y fue con nosotros.
En realidad, yo estaba muy molesto porque Martha Elena no quiso acompañarme; me habría gustado mucho ir con ella y mi Paulinita; pero, como no quiso ir, pues me atreví a invitar a Mine.
“¿Por qué me invitaste, Alberto?”, me preguntó mi amiga mientras “Kalusha”, nos destapaba la tercera tanda de cervezas.
“Porque hace como dos meses dijiste que si tu equipo, el Tamarindos, llegaba a la final, te gustaría venir, sólo por eso”, le contesté al tiempo que le hacía señas a Fede para que le tomara a su cerveza.
En esos momentos, el Tamarindos anotaba el segundo gol al Nueva Alianza, en la final por el campeonato, lo que fue motivo de júbilo para Minerva y la llevó a una reacción espontánea para abrazarme efusivamente.
Al sentir lo voluminoso de sus pechos sobre mi brazo izquierdo, sentí que me agarraba una temblorina; para disimular, le di un gran trago a mi cerveza y le dije salud a mi amigo Fede quien, no entendí el porqué, ignoró mi gesto.
Durante el descanso del partido, Martha Elena tuvo la ocurrencia de llamarme a mi cel; pero, con los gritos y las porras poco le pude oír; sólo entendí: “Voy con mi mamá”. En esos momentos pensé que sólo me avisaba para que la fuera a traer de la casa de mi suegra. La verdad, me extrañó, porque sabe bien que su mamá y yo no congeniamos mucho.
Ya en el segundo tiempo, el jugador Peña anotó el tercer gol del marcador definitivo y así quedó el resultado para declarar campeón al equipo de Mine.
Para ese momento ya nos habíamos tomado como siete cervezas cada uno y, como nos quedamos a la ceremonia de premiación, todavía nos tomamos otras dos.
Con el campeonato del Tamarindos, ella se sintió eufórica y nos invitó, a Fede y a mí, a su departamento que renta, por la colonia Tamarindos, con su amiga Lilia, quien trabaja en una tienda de la competencia.
Fede sólo nos acompañó un rato y después, con no sé qué pretexto, se fue y me dejó con las dos amigas.
Para entonces, Lilia había puesto sobre la mesita del centro, de una salita que tienen en el depa, un pomo de tequila que en unos cuantos tragos le bajamos casi a la mitad.
Sinceramente, hasta ese momento me acuerdo bien de lo que pasó. Cuando desperté, y vi mi reloj, eran las cuatro y media de la mañana. Como pude, me vestí y advertí que en la misma habitación se encontraban Lilia y Minerva, medio desnudas, lo que indicaba que en algo habíamos participado los tres.
Sin despertarlas, salí del edificio y, ya en la calle, caminé unas dos cuadras, hasta que apareció un taxi que detuve para que me llevara a mi casa.
Al llegar, y encontrar las luces apagadas, cuando Martha Elena me dejaba siempre al menos encendida la de la calle, me entró una sospecha que me hizo desaparecer la borrachera que aún llevaba.
Efectivamente, al entrar comprobé lo que supuse: no había nadie en la casa. Sobre la mesa del comedor encontré una nota en la que me explicaba que hubo alguien que le había informado, esa misma tarde, que yo estaba muy entretenido con mi compañera Minerva, que no me preocupara por buscarla, que se quedaría con su mamá y que luego iría por sus cosas.
En ese momento pensé que sólo era un capricho y que al día siguiente la convencería de que regresara a la casa.
Me dispuse a descansar un rato, ya que ese día entraba a la tienda a las ocho de la mañana. Para mi mala suerte, olvidé poner la alarma en mi celular y desperté cuando ya era medio día. Inmediatamente me bañé y salí a la calle en busca de Martha Elena y mi hija.
Por supuesto, ni me abrieron. Entonces, sin saber qué más hacer, regresé a la casa donde he estado durmiendo solo, esperando a que mi mujer reaccione y me llame para pedirme que vaya por ellas, no para reclamarme y decirme que se quiere divorciar.
Tengo confianza en que arreglaremos nuestras vidas; lo que me duele más es que haya sido mi amigo Fede quien le llamó para decirle que estaba con Minerva. Mi amiga me dijo hoy que él le confesó todo, y dice que lo hizo simplemente porque le gusto y quiere algo conmigo. ¡Las cosas que me pasan!

viernes, 29 de noviembre de 2013

BULLYING FATAL
Fernando tenía catorce años cuando cursaba el segundo grado de educación secundaria. Sus padres, profesores ambos, lo habían inscrito, por comodidad, en la escuela del centro, ya que la otra, de las únicas dos que había en esa época, se ubicaba en la orilla de la ciudad, lejos de su domicilio.
                Estaban por llegar las vacaciones de Semana Santa cuando Maricela, la madre del muchacho, lo comenzó a notar retraído, preocupado, nervioso, como temeroso y asustado. Al principio pensó que se debía a las malas calificaciones que había obtenido en sus exámenes del cuarto bimestre, pero ella le había mostrado su apoyo a pesar de la reprimenda que José Ramón, el padre, le había dado cuando le firmó los resultados de las evaluaciones.
                “Ya se le pasará”, pensó la madre, y durante las vacaciones le permitía que permaneciera por horas, en su cuarto, solo, encerrado, con el pretexto de hacer sus tareas. Entonces, ella le dedicaba toda su atención a Selene, la pequeña hija que iba en sexto grado de primaria.
                Lo grave fue cuando terminó el periodo vacacional y Fer se negaba a regresar a la escuela.
                −Es que ya no quiero estudiar ahí mamá –le rogó a la madre.
                −¿Por qué? –le interrogó un amenazante José Ramón al escuchar la negativa del hijo.
                −Por nada, papá… −respondió Fernando, cabizbajo y con las manos sudorosas.
                Lo que no sabían los padres, encerrados en el cuartel de las escuelas primarias donde trabajaban, era que el muchacho tenía que soportar, desde que ponía un pie dentro de la escuela, las burlas, imitaciones, rechazos, injurias y agresiones de varios de sus compañeros.
                Desde el primer día de clases, los alumnos habían observado en Fernando un cierto amaneramiento para caminar, al hablar y en la timidez de su mirada que no les dejó dudas sobre su inclinación sexual y desde la primera semana de clases empezaron a llamarle, maricón, joto, “Fernandita” y otros epítetos relacionados con su preferencia sexual que no podía disimular y le llevó a buscar refugio en Patricia y Elena, sus dos amigas que le brindaron respeto y confianza.
                −Mejor me quisiera morir –le dijo él a Elena, una mañana en que se encontraban cerca de la casilla de la cooperativa esperando a que se despejara para acercarse y adquirir alguna golosina.
                −¡Estás loco! –le reprendió su amiga−. Un día se cansarán y te dejarán de molestar. Además, si insisten, y tú no los acusas con el director, yo misma lo haré.
                −¿Para qué? –contestó Fernando con los ojos llorosos−, ¿no te has dado cuenta de que los maestros también me rechazan y cuando los chamacos me dicen de cosas ellos sólo se ríen?
                Pero no todo terminaría en ataques verbales hacia el muchacho. Un jueves de las siguientes semanas, el profesor de Educación Física, un maestro ya grande, a quien los alumnos habían puesto el sobrenombre de “guajolote”, enfermó y tuvo que faltar a sus labores. El prefecto, responsable de suplir al maestro, se limitó a mandarlos al patio, vestidos con su uniforme deportivo, a relajarse y a perder el tiempo.
                Fernando sintió deseos de ir al baño y le pidió a sus amigas que lo acompañaran. Ellas se ubicaron cerca de la puerta, sentadas en una jardinera, leyendo una revista sobre artistas locales; por eso no advirtieron cuando tres de sus compañeros, de los que más molestaban a su amigo, entraron al baño con un sentido de complicidad que les delataba sus intenciones.
                En el interior, cuando Fernando se disponía a salir, dos de los tres alumnos que habían entrado después de él le cerraron el paso.
                −¿Qué quieren? –les preguntó con nerviosismo.
                −Nosotros no –respondió uno de ellos−. Tú eres el que quiere algo que tenemos –agregó al momento en que le mostraba la erección de su pene.
                Con la complicidad del tercer compañero que cuidaba la puerta quien no permitió el paso a otro que deseaba entrar al baño, los dos muchachos abusaron sexualmente de Fernando obligándolo, con amenazas y golpes, a satisfacerles sus desatados instintos.
                La denuncia la puso Elena en la dirección de la escuela. La trabajadora social citó a los padres del ofendido y a los de los agresores.
                Los jóvenes le dijeron a José Ramón que su hijo los había provocado, pero que no eran maricones como él.
                Al escuchar esto, el padre soltó un tremendo puñetazo sobre la cara de Fernando rompiéndole la nariz y saliendo de inmediato de la reunión.

                A la mañana siguiente, cuando Maricela fue en busca de su hijo para que desayunara, lo encontró tirado, sin vida, junto a su cama. A un lado de su mano derecha descubrió el frasco de clonazepam, vacío, que en el ISSSTE le daban a ella para relajarse y poder descansar en sus noches de insomnio.
MANUAL PARA PERVERSOS
La hija de mi patrón
José I. Delgado Bahena
Desde hace tres años que llegué a vivir a este pueblo, después de haber estado con mi familia por mucho tiempo en Zihuatanejo, me di cuenta que mi suerte había cambiado. Mis padres y mi única hermana aceptaron venirse a cuidar una casa de una amiga de mi mamá que está en Estados Unidos y, antes de que empezara el año escolar, agarramos nuestros tiliches para viajar con lo poco que teníamos hasta esta comunidad cercana a la ciudad de Iguala.
A mis veintidós años, sin empleo y sin profesión, no me quedó de otra que aceptar esa decisión que tomaron sin mi consentimiento; pero mi padre me advirtió que tendría que buscar trabajo, porque siendo yo mayor de edad ya no tenía la obligación de mantenerme. Él se puso a vender tacos en la esquina de la casa y pronto se hizo de una buena clientela.
Desde entonces había andado de trabajo en trabajo. Primero entré de jardinero con un señor en la Floresta. Ahí me iba bien porque los dueños de la casa casi no estaban durante el día y, como la cocinera era mi vecina, almorzaba y comía a mis anchas y pues, la verdad, hacía poco trabajo. Lo que no me gustó fue que el señor me ponía a hacer otras labores que no eran del jardín, como asear su bodega o lavar la perrera de un doberman que tenían; entonces, le pedí aumento de sueldo y, como no me lo dio, mejor dejé el jale.
Después de medio año de andar busque y busque, hallé una oportunidad como ayudante de vendedor en una empresa de dulces y frituras. Nuestra ruta era de las más buenas. Mi compañero se las sabía de todas todas para robarles a los clientes y, además del sueldo y las comisiones, nos llevábamos un extra todos los días.
Lo malo fue que un viejito de Tepochica nos sorprendió con una tranza que hacíamos en su tienda, nos denunció en la empresa y sin mayores explicaciones nos corrieron.
Después me metí de ayudante en una casa de materiales que está en el pueblo y anduve cargando y descargando bultos de cemento y de los demás materiales que vende don Everardo; sólo que le caí mal a un compañero que ya tiene muchos años de trabajar allí; un día me la hizo de tos, nos peleamos y don Everardo me botó sin pagarme mi semana porque, según él, con ese desmadre le había desprestigiado el negocio.
Entonces me dije: “Orlando, ya es tiempo de que asientes cabeza y te pongas a trabajar bien.”
Por eso, decidido a tomar con seriedad mi vida, acepté una recomendación que un amigo del pueblo me hizo para trabajar en una dulcería que está por el mercado. El empleo es de ayudante general; es decir: hacer lo que se necesite, pero no me importó, lo que yo quería era trabajar porque en el pueblo conocí a Norma, una chava que estudia en el CREN, que casi aceptaba ser mi novia.
Desde el primer día de trabajo, me di cuenta que los dueños de la dulcería eran muy exigentes y no te dejaban descansar ni un ratito. Cuando veían que estabas sin hacer nada, te ponían a acomodar las cajas de la mercancía o a preparar los dulces que ahí mismo elaboraba la señora. Así aprendí a hacer las cocadas, un dulce que se elabora a base de coco rallado, huevo y azúcar. Tuve que aprender a batir el huevo con el azúcar, luego, a mezclarles el coco rallado y, en una manga pastelera, distribuidos en porciones, meter las cocadas al horno a 200° durante cinco minutos, hasta que estuvieran doradas.
La verdad, este trabajo sí me gustaba, porque estaba aprendiendo cosas muy productivas; ya hasta estaba pensando en poner mi propia dulcería; pero los señores tienen una hija de diecisiete años, que estudia en la prepa, y es muy mandona y caprichuda.
Una tarde que Hilda, la hija de mis patrones, no había ido a clases, necesitaba, ella, ir a la biblioteca que está por la Alameda y no tenía quién la llevara. Entonces, el señor me ordenó que la fuera a dejar en su camioneta que tenía estacionada frente a la dulcería. Como yo sé manejar muy bien, no puse objeción y hasta le ofrecí esperarla, lo cual le agradó mucho a la chamaca.
Íbamos en camino cuando a Hilda se le ocurrió que la llevara a su casa, porque necesitaba llevar su tablet para un trabajo que tenía que hacer.
Ya en su casa, me invitó a pasar, me senté en la sala a esperar y me di cuenta de que no había nadie; en eso, la chamaca se sentó cerca de mí y me preguntó si tenía novia.
“No. ¿Por qué?”, le pregunté medio sacado de onda.
“Porque me gustas mucho”, me dijo poniendo su mano sobre mi pierna.
Con eso entendí lo que ella quería y comencé sentir una gran excitación que me nubló la mente y no me di cuenta del riesgo que corría al ser, ella, menor de edad.
Con docilidad, me dejé conducir a su recámara, un espacio muy bien arreglado y muy limpio. Desafortunadamente, cuando estábamos en lo mero bueno, llegó su papá. Al escuchar que alguien abría la puerta, tomamos nuestras ropas y casi desnudos salimos de la habitación.
Ahora sólo espero la sentencia. No sé cuánto tiempo me dejarán encerrado, por ser Hilda menor de edad y yo un pobre diablo sin dinero para defenderme.
MANUAL PARA PERVEROS
El closet
José I. Delgado Bahena
Daniel tenía diecisiete años cuando conoció a Israel, su compañero de la prepa con quien convivía durante las horas libres y de inmediato se sintió atraído hacia él.
Desde pequeño, cuando, sin que se dieran cuenta sus dos hermanas –una dos años menos y la otra dos más que él− les tomaba sus vestidos y se los probaba, frente al espejo del ropero de sus padres, imitando sus modos para caminar y sus ademanes, supo que no era un niño “normal”.
Para disimular su preferencia sexual, durante la secundaria, logró que su mejor amiga: Dolores, aceptara aparentar ser su novia, sólo porque sus compañeros comenzaban a hostigarlo con apodos, risitas y manoseos en sus glúteos cuando lo topaban por los pasillos de su escuela.
En aquella época, Lola, como le decían todos a su amiga, fue su única confidente y ella supo, por la misma boca de Daniel, que a él no le interesaban las niñas, aunque tampoco sentía atracción por algún muchacho conocido.
Pero cuando entró a la prepa y conoció a Israel, premeditadamente buscó la forma de hacerse su amigo y trató de disimular su amaneramiento que en ocasiones lo delataba pero, incluso, Israel mismo se mofaba del tono casi femenino que Daniel daba a sus palabras.
De todos modos, a Israel no le importaban los comentarios y las sospechas que la forma apresuradita de caminar de su amigo despertaban entre sus compañeros y mantuvo su amistad durante dos semestres, compartiendo tiempos y apoyándose en la realización de tareas.
Martín, el padre de Daniel, era ingeniero mecánico y había puesto su taller automotriz por el sur de la ciudad con la esperanza de que su único hijo varón siguiera sus pasos y viera como su futura herencia el oficio y el negocio. Por eso insistió en que Daniel estudiara en esa escuela donde le ofrecían el perfil de técnico automotriz; sin embargo, el muchacho repudiaba la idea de terminar el día engrasado, como su padre, y soñaba con estudiar ballet clásico o pertenecer, al menos, a un club de danza moderna donde pudiera desplegar sus mejores pasos al ritmo de una música sensual y buena coreografía.
Para desahogar un sentimiento que no podía externar con libertad ante su amigo, Daniel escribía canciones de sus artistas favoritos y copiaba poemas de un libro que le prestaban en “Letrópolis”, un club de lectura que había en su escuela. Después agregaba dibujos que él mismo hacía y se los obsequiaba.
Estaban en el tercer semestre y era el último día de clases antes de irse de vacaciones en la temporada decembrina, cuando Israel soltó un latigazo en la espalda de Daniel:
−¿Qué crees? –le dijo, mientras se dirigían a la dirección de la escuela para preguntar sobre un maestro que no había llegado−, Lilí es mi novia.
−¿¡Qué!? –exclamó él.
−Sí. Ayer la encontré en la plaza y nos pusimos a platicar. Me confió que yo le gusto pero que no tenía esperanzas porque pensaba que tú y yo éramos pareja.
−¿Qué le dijiste? –preguntó Daniel casi con desesperación.
−La verdad: que sólo somos amigos y que, además, también a mí ella me gustaba.
−¿Y luego…?
−Pues… nada: entramos al cine y ahí mismo nos besamos. ¿Por qué te has puesto serio?
Daniel no contestó a la pregunta de su amigo. Con las manos en la boca corrió hacia el baño que estaba a unos cuantos metros; ahí, en una de las tazas, vomitó el desayuno que había tomado en casa antes de salir hacia la escuela.
−¿Qué tienes? –le preguntó Israel sinceramente preocupado.
−Nada. Vete. Voy a estar bien… no te preocupes –contestó Daniel con los ojos inundados por el llanto.
−¿Por qué lloras? ¿Te duele algo? –insistió Israel.
−¡Que te largues pendejo! –gritó Daniel− ¿No te das cuenta que me lastimas con eso, porque te amo?
−¡No manches! Yo te quiero, pero como amigo; si tú te confundiste y pensaste otra cosa, es tu problema. Espero recapacites y entiendas que yo no soy como tú. Luego nos vemos.
Fue el último día que Daniel pisó la escuela. Aprovechando que su tío Chalo estaba de visita en casa, habiendo llegado de los Estados Unidos, le pidió que se lo llevara con él al país vecino.
Después de cinco años, hace un mes se le volvió a ver por el zócalo de la ciudad tamarindera. Sólo que ahora viste pantalones entallados, tacones y blusas, así como ha dejado crecer su cabello, se lo pinta de rubio y se lo alacia, porque dice que ya salió del closet, y ha cambiado su nombre: ahora es “Lady Gaga”.