Manual para Perversos

Manual para Perversos

lunes, 30 de diciembre de 2013

La pechugona
José I. Delgado Bahena
Desde que entramos al quinto semestre, y se fueron presentando nuestros maestros que nos darían clases, me di cuenta de que algo había visto en mí esta nueva maestra a la que todos apodaron de inmediato, por razones lógicas, como “la pechugona”.
                Yo estaba muy chavo, pero, a mis diecisiete años, intuí que algo estaba por pasar en mi vida desde ese momento.
                En ese entonces, tenía mi novia y nunca me había imaginado que me involucraría por completo con mis sentimientos, con atracción física y el impacto emocional al cien, que hasta me sentía de más edad, es decir: más hombre.
                Al salir de la secundaria, mi padre me advirtió: “Mira, hijo”, me dijo una noche después de merendar, “de por sí los Ochoa tenemos mucha suerte con las mujeres, y luego que, pues no eres feo; debes tener cuidado y no dejarte enredar por cualquier muchachita que luego nomás comprometen. Piensa que si tu madre viviera, a ella le gustaría verte convertido en profesionista y ser responsable con tu vida”.
                En esos momentos en que mi padre me hablaba de mamá, yo sentía mucha ansiedad por no haberla conocido, ya que él me había dicho: “Murió en la Cd. de México, donde vivíamos cuando tú naciste, sus familiares la cremaron y sus cenizas se las llevaron a Chihuahua, su tierra natal.
                Mi padre me contó que, por más que peleó su derecho, no logró convencerlos de que le dejaran sepultar su cuerpo y, decepcionado y triste, decidió traerme a Iguala para que creciera yo al cuidado de mi abuela paterna.
                Así crecí, amando una imagen desconocida. En casa teníamos sólo una foto de mamá, enmarcada en un cuadrito donde salía con papá, muy jóvenes ellos, como de dieciséis años, y en la actualidad él se veía muy cambiado.
                Así que, desde el primer día que nos dio clases “la pechugona”, me di cuenta que ella hacía todo para darme a entender que era su preferido y tuve que enfrentar las burlas de mis compañeros.
                Siempre que necesitaba que se le apoyara en algo: tomar asistencia, llevar un documento a la dirección, llevarle sus cosas a otro salón, me pedía que yo lo hiciera.
                Los compañeros me decían: “Ten cuidado, Jesús, te va a violar”. Yo les respondía con una sonrisa y me dejaba llevar por mis desenfrenados deseos al imaginar que la maestra y yo tuviéramos relaciones.
                Por eso, debo reconocer que, poco a poco, fui aceptando ese sentimiento y esa atracción hacia la maestra Armida, “la pechugona”, con mi fantasía desbordada al pensar que retábamos al mundo con la realización de un amor jamás vivido.
                Yo aceptaba las atenciones y los regalos de la maestra; con esos detalles fue creciendo algo muy bonito en mi corazón que, con el paso de los días, se convirtió en algo más que amistad hacia esa mujer de treinta y cinco años que había aparecido en mi vida.
                Por supuesto, yo no le platiqué nada a papá, porque seguramente no habría aprobado lo que yo sentía hacia mi profesora. Ella me invitaba a comer durante el receso y acaparaba mis tiempos libres; por eso decidí terminar mi relación con Alexia, la chava que fue mi novia desde el primer semestre.
                La verdad, ella nunca me dijo algo más allá de un “te quiero”, “cuídate”, “eres muy guapo”, y otras cosas que me hacían pensar y sentir como una hoguera en mi pecho. Además, nuestras convivencias se limitaban al espacio cerrado y limitado de la escuela; por eso, creo que el que estuvo mal fui yo, al pensar en otras cosas.
                A veces eso me confundía, pero todo se aclaró, desgraciadamente, el día en que yo tenía que ir a presentar mi examen para ingresar al Poli y nos encontramos en el autobús para ir a la Ciudad de México.
                Mi padre y yo estábamos ubicados ya en nuestros asientos cuando ella subió acompañada de una chava como de mi edad y se sentaron un poco adelante de nosotros. Mi papá no la advirtió; pero, durante el viaje, yo aproveché para comentarle sobre ella y decirle que me sentía muy emocionado porque, a pesar de la diferencia de edad, pensaba que podía vivir algo muy padre.
                Él se asombró, pero me dijo que respetaría mi decisión porque le había demostrado que era muy  sensato en mis asuntos.
                Entonces, cuando llegamos a la terminal, en la Cd. de México, al recoger nuestras maletas, nos encontramos de frente y tuve la oportunidad de presentársela.
                “Mira papá”, le dije, “ella es la maestra de la que te hablé.”
                Él no dijo nada. Sólo me tomó del brazo y me condujo hacia el fondo de los andenes. Allí, con la vista sobre el piso, me pidió perdón por ocultarme las cosas.

                “Esa mujer es tu madre, hijo”, me susurró, “no murió, se fue con otro joven cuando tú tenías medio año de nacido. No sé cómo nos encontró, pero te pido que no sigas cultivando el sentimiento que tienes hacia ella, no lo merece.”

jueves, 26 de diciembre de 2013

La donna è mobile.
José I. Delgado Bahena
Aldo despertó con el cuerpo dolorido por la incomodidad de su improvisada cama.
                Al abrir los ojos y ver a un lado suyo a Óscar, su amigo de toda la vida desde que se conocieron en el Cbtis No. 56, de la ciudad de Iguala, recordó, con la nitidez de un rayo que se clavó en su conciencia adormecida ―más por la cruda moral que la provocada por los efectos de las cervezas y el tequila que  había bebido el día anterior―, el por qué se encontraban en esa situación…
                Los dos amigos trabajaban como vendedores en una tienda de aparatos electrodomésticos del centro de la ciudad y todos los días acostumbraban comer juntos.
                ―¿Qué crees güey? ―le dijo Aldo a Óscar mientras esperaban las tortas que habían ordenado en aquel local cercano a la parroquia de San Francisco―, ayer le pedí a Lulú que se case conmigo.
                ―¡Qué cabrón! ―exclamó su amigo ante la confidencia de Aldo―, ¿por qué no me lo habías dicho?
                ―Porque no me decidía. Pero ayer la noté un poco distante y sentí que la perdía. La verdad, pues… tú sabes que la quiero mucho y si me quedo sin ella, pues… no sé qué sería de mi vida.
                ―¡Huy, amigo! ¿Y, qué te dijo?
                ―Me pidió que esperara este fin de semana. Dijo que iba a cuidar a su abuelita, que está enferma, y no nos podríamos ver, pero aprovecharía para pensarlo.
                ―Bueno, ¿qué te parece si al rato, después de cerrar la tienda, vamos a tomarnos unas caguamas y me cuentas más detalles?
                Ya en la noche, después de estar un par de horas en una cantina por el periférico, y de terminarse el dinero que llevaban, se dispusieron a retirarse a sus casas; pero, al cruzar la avenida en busca de un taxi, sus pasos los llevaron hasta la entrada de un lujoso salón de fiestas donde se llevaba a cabo la recepción de una boda. Sobre el marco de la puerta, un gran corazón de rosas blancas tenía los nombres de los novios: Elba y Fernando. Los recién casados recibían a los invitados ahí, en la puerta, y un mesero los llevaba a sus mesas de acuerdo con el número que tenían en sus pases.
                ―Vente ―le dijo Óscar a su amigo poniendo su brazo derecho sobre sus hombros y llevándolo hacia el salón de fiestas―. Ya sé cómo vamos a seguir tomando.
                ―¿Qué pasó, pinche Fer? ―le dijo al novio, provocando su desconcierto y el asombro de la novia―, me enteré que te ibas a casar y no lo quería creer. Por eso le dije a Aldo: vamos a ver si es cierto. No te acuerdas de nosotros, ¿verdad? Por eso no nos invitaste, ¡claro! ¿Sí te acuerdas que estudiamos juntos en la secu?
                El novio no sabía qué responder; pero, para no quedar en mal y agilizar el paso, ya que otros invitados se encontraban a la espera de ser atendidos, les pidió a los dos amigos que pasaran a la fiesta y al mesero le indicó que los acomodara en una mesa.
                ―Gracias, güey ―dijo Óscar, abrazando a los novios y jalando del brazo a Aldo―, te debemos tu regalo.
                Los acomodaron cerca de la mesa de honor, donde se encontraba un gran pastel de seis pisos, y un mesero los atendió llevando una botella de tequila, junto con todo el servicio, y los amigos se dispusieron a beber inmediatamente.
                Al poco rato, con la algarabía de la fiesta y entusiasmados con el trato que recibían, hasta se motivaron para participar en “la víbora” y pasaron a bailar el vals con la novia.
                Después, cuando los invitados tomaron sus lugares para cenar y disfrutar de la participación del cantante Yovanni Catalán, que interpretó un repertorio de temas populares con su gran voz de tenor, Aldo distinguió, entre la penumbra que le provocaba el alcohol ingerido, la esbelta figura de Lulú, quien entraba en esos momentos llevando, en una de sus manos, un regalo con envoltura plateada y con la otra enlazaba los dedos en la mano de su acompañante.
                ―¡Hija de la chingada! ―exclamó levantándose impulsado por el dolor de los celos al ver a su novia en actitud amorosa con un desconocido― ¿No que iba a cuidar a  su abuelita?
                No pensó más ni dijo nada. Tomó de la mesa de honor el cuchillo que un mesero había colocado junto al pastel y corrió, seguido por Óscar, hacia la pareja.
                El impulso que llevaba y el alcohol que había tomado le perturbaron sus movimientos y lo hicieron trastabillar; pero llegó hasta Lulú, descargando, con el cuchillo que llevaba empuñado, un golpe frontal sobre su pecho.
                Óscar se fue a puñetazos sobre el joven que acompañaba a Lulú.
                Dos hombres uniformados, encargados de la seguridad del salón, detuvieron a Aldo, y los meseros contuvieron al agresivo Óscar, quien tenía en el piso al compañero de la novia de su amigo. Yovanni entonaba en esos momentos el famoso tema de Verdi: “La donna è mobile” (la mujer es voluble).

                La herida de Lulú no fue de muerte, pero fue suficiente para que los dos amigos amanecieran, en calidad de detenidos, en los separos de la policía.

domingo, 22 de diciembre de 2013

OTRO FAUSTO
Desde que conoció a José Luis se dio cuenta de que era la persona que había estado esperando toda la vida. Su porte, su estilo, su mirada, el tono de su voz, sus manos… todo le había impresionado; de manera que se propuso, primero, lograr su amistad y, después, hacerlo suyo para siempre a costa de lo que fuera.
                Su afecto lo obtuvo con facilidad. En la tienda de aparatos electrodomésticos donde trabajaban les asignaron a los dos el mismo departamento. Por lo tanto, e inevitablemente, el frecuente trato y el compartir esa responsabilidad, les obligaba a comer juntos todos los días e, incluso, a verse en algunos fines de semana.
                Así, al convivir en sus tiempos libres, fueron descubriendo su afinidad en la música, las películas, los programas de televisión y hasta en los alimentos, lo que propició que su amistad fuera echando raíces profundas y fortalecidas, más con las atenciones que José Luis le prodigaba al llevarle algunos discos que él mismo grababa, en su computadora, con canciones románticas que le hacían concebir grandes esperanzas.
                Con el paso de los meses fue creciendo en su pecho un sentimiento que le mantenía en vela durante las calurosas madrugadas de primavera y le llevó a tomar decisiones importantes para su vida al considerar que correría cualquier riesgo con el propósito de lograr que el amor que sentía por su amigo encontrara una correspondencia, aunque fuera mínima, y así poder sobrevivir al angustioso charco de la incertidumbre.
                Un día, aprovechando que no tenían mucho trabajo, le preguntó:
                -¿Cuál es tu más grande sueño?
                -Primero, ascender aquí, en la empresa; así, ganar más para juntar dinero y pedirle al amor de mi vida que se case conmigo -contestó José Luis.
                -¿Y quién es el “amor de tu vida”? -le interrogó con un tono de resentimiento por los celos provocados por esa conversación.
                -No te puedo decir, por ahora. La verdad nadie lo sabe, ni la persona interesada. Sólo espero que no me rechace.
                No le preguntó más. Se dirigió a una computadora y abrió una página de internet que le interesaba mucho.
                Estaba tan concentrado que no advirtió la cercanía de José Luis.
                -¿Qué haces Fausto? -le dijo su amigo, observando atentamente el monitor.
                -Este…, buscando información… para mi hermana. Quiere que le arreglen su nariz. Pero, mejor luego busco -le respondió, al tiempo que cerraba la página que leía-. ¿Te puedo ayudar en algo?
                -No. No te preocupes -respondió José Luis arqueando las cejas sobre aquellos ojos cafés de los que Fausto vivía enamorado-, no hay mucho trabajo.
                Con la información que ya tenía, se puso en contacto con un cirujano de la Ciudad de México el cual, a cambio de una fuerte cantidad de dinero, que terminaría con sus ahorros de toda la vida, aceptó realizarle la intervención quirúrgica para su reasignación de sexo y convertirlo en “Fausta”.
                Hizo el depósito bancario al cirujano plástico y, ya que tuvo todo listo, solicitó sus vacaciones ante la empresa. A José Luis le dijo que iría al pueblo de sus padres, donde no hay señal de celular, de manera que estarían sin comunicarse durante sus dos semanas de descanso.
                -Te voy a extrañar, flaco -le dijo su amigo con un tono diferente en sus palabras.
                -Yo también; pero, verás que cuando regrese todo será mejor.
                -Sí, claro. Cuídate mucho y pórtate bien, eh -le pidió José Luis a un asombrado Fausto que no sabía cómo interpretar el tono de las palabras de su amigo.
                Con esa confusión se fue al D.F. donde le realizaron la operación que le llenaba el alma de ilusiones para, ya convertido en mujer, poder conquistar a José Luis.
                Como la recuperación de esa operación no fue tan rápida, llamó a la empresa y pidió por teléfono un mes sin goce de sueldo, para asegurar que no tuviera complicaciones y volver con toda la confianza en busca de José Luis.
                A su regreso, lo primero que hizo fue llamarle por teléfono con una voz nueva, propiciada por las hormonas que le habían suministrado durante el tratamiento. Le dijo que él no la conocía, pero le pedía que se vieran para platicar ya que tenía que tratarle un asunto del que dependía su vida misma.
                Ante esta disyuntiva, su amigo aceptó y quedaron de verse en un café del centro de la ciudad.
                Al llegar José Luis, lo primero que vio fue a una mujer muy hermosa que, sin preámbulos, le dijo:
                -Quiero que sepas que estoy enamorada de ti; te conozco desde hace tiempo y el mayor de mis anhelos es tener, al menos, la oportunidad de conquistarte.
                José Luis, con un tono desmadejado por aquella declaración, y sin intención de querer lastimar con sus palabras a quien le ofrecía su cariño pleno, le confesó:

                -No sabes cuánto siento no corresponderte como esperas. No puedo ofrecerte nada porque mi corazón está comprometido. Estoy enamorado de mi amigo Fausto, sólo espero que él regrese de sus vacaciones para decírselo, y si, como sospecho, siente lo mismo que yo, le propondré que nos casemos en el Distrito Federal, donde están autorizadas este tipo de relaciones.

miércoles, 18 de diciembre de 2013

MANUAL PARA PERVERSOS
“El robacalzones”
José I. Delgado Bahena
Víctor había llegado, con sus cuarenta y cuatro años de edad, de los Estados Unidos, junto con su esposa Yadira –diecisiete años mayor que él− después de haber estado en el país vecino trabajando, durante algún tiempo, y reuniendo algo de dinero para volver a México con el propósito de poner un negocio y quedarse a vivir definitivamente aquí.
                Ambos eran originarios del estado de Durango, pero en Los Ángeles conocieron a una pareja de recién casados que habían llegado de Iguala y les ofrecieron en venta su terreno, con todo y casa, que habían dejado por el rumbo de la Ciudad Industrial.
                Ellos aceptaron el trato y se vinieron a esta colonia nueva donde las casas apenas si estaban protegidas con alambrado de púas y las calles no contaban con alumbrado público ni pavimentación alguna.
                Ya instalados, invirtieron su capital en una tienda de abarrotes que pusieron en la esquina del terreno.
                A los pocos meses de haber llegado, Víctor se hizo amigo de casi toda la gente que iba a comprar a su tienda; pero, principalmente de los hombres, quienes iban a tomarse unas cervezas junto a la tienda y él los acompañaba en un chismorreo masculino semejante al que arman las mujeres cuando van por las tortillas.
                Por esas pláticas se enteró de quiénes de las mujeres casadas de la colonia, les ponían el cuerno a sus maridos y quiénes de las solteras aceptaba las propuestas indecorosas que los hombres les hacían sólo por pasar a gusto un rato en una cama de hotel o, de plano, en alguna parte oscura del barrio.
                Por eso, cuando las mencionadas llegaban a su tienda en busca de alguno de los artículos que él vendía, el tono y la mirada que usaba para atenderlas eran con intención de parecer amables pero llevaban cierto coqueteo que no pasaba desapercibido por las féminas quienes, aprovechando ese interés por parte de Víctor, le pedían rebajas y hasta fiado, con promesas de pagarle de “algún modo”.
                Él se daba por aludido en sus pretensiones y por las noches, cuando Yadira se acostaba con sus permanentes dolores de cabeza, salía a la calle a fumarse un cigarro y a tomarse una caguama, solo, en la puerta de la tienda.
                En una de esas noches, incitado por los efectos del alcohol, se atrevió a caminar sin rumbo por las calles disparejas de la colonia; sus pasos lo llevaron hasta la cerca de la casa de Julia, la mujer de Andrés, de quien se sabía que, aprovechando que el marido salía por las noches hacia su trabajo de mesero en un local de comida en la Feria de la bandera y que se quedaba sola, por no tener hijos, les daba entrada libre a los vecinos que se sentían atraídos por ella.
                Protegido por la oscuridad, tomó algunas piedritas y las tiró sobre la única ventana de la casa. Al no obtener respuesta, entró por el alambrado y cruzó el patio guiándose por un resplandor que llegaba de un foco lejano que alumbraba una casa, a media cuadra. Antes de llegar, un trozo de tela se le estampó en la cara. Era una prenda íntima de Julia que estaba tendida sobre un hilo de cable. Víctor la destrabó de las pinzas y la guardó en su bolsillo. Con el trofeo en su pantalón, decidió regresar a su casa. Su mujer seguía disfrutando de la tranquilidad de su sueño; él entró al baño y, adentro, sacó de su bolsillo la pantaleta de Julia, la olió y la pasó por su cuerpo, se excitó y se masturbó. Antes de entrar a la recámara, fue al cuarto de herramientas que tenía a un costado de la casa y metió en un bote de clavos la prenda robada.
                Desde esa noche, Víctor esperaba la oportunidad para ir en busca de los trofeos y ubicaba las casas de las clientas que le regalaban sonrisas y promesas lujuriosas que nunca le cumplían; salía y, con su propósito bien definido, buscaba los tendederos que tuvieran algunas prendas femeninas, saltaba el alambrado y las hurtaba. Con ellas en los bolsillos, regresaba a casa y realizaba actos perversos en la privacidad del baño para satisfacer sus deseos sexuales insatisfechos por la desatención de Yadira, su mujer.
                Así pasaron cinco semanas hasta que las mujeres se atrevieron a contarse entre sí sobre la desaparición de sus calzones y a hurgar entre los sospechosos del barrio. No faltó quién señalara a Víctor como principal responsable del robo de los calzones de las mujeres y urdieron un plan para atraparlo.
                Víctor no advirtió el descaro con que algunas clientas le coqueteaban para incentivarlo y se atreviera a actuar; por eso, a los pocos días, decidió ir, en la noche, a la casa de Teresa, la mujer de Rafael, quienes vivían a dos casas de la suya, pero no se dio cuenta de que su mujer lo seguía y ella misma descubrió que su marido se dirigía hacia el tendedero de su vecina.

                Cuando Teresa salió con un silbato en la boca, alertando a las demás mujeres para que se unieran y atraparan al “robacalzones”, ni la presencia de Yadira logró salvar al asustado Víctor de ser linchado por las agredidas quienes dejaron sin cuatro dientes y con muchos golpes en el cuerpo al causante de la desaparición de sus “choninos”.

martes, 17 de diciembre de 2013

MANUAL PARA PERVERSOS
Como los alacranes
José I. Delgado Bahena
Todavía me acuerdo de la tía Susana, “Susi”, como le decían en la familia. Era alta, soberbia, pechugona, hablantina, ojos claros, coqueta, nariz de codorniz, presumida, caderona, generosa, boca fogosa y un defecto: casada con el tío Federico.
                Ella había llegado a la familia de rebote, era muy amiga del primo Carlos y cada que teníamos una fiesta la invitaba. Incluso participaba en nuestros convivios de fin de año como si fuera de casa y cuando el tío Fede se separó de la tía Norma inmediatamente le echó los perros y la invitó a vivir con él; por eso se convirtió en la tía Susi.
                Con el paso de los meses, mientras el tío Fede se encargaba de su negocio de ortopedia que tenía por el centro, Susi se permitía la compañía de los primos, ya sea para jugar dominó en el corredor de la casa o para ir al zócalo a dar vueltas y vueltas como si fueran novios. Con las primas no congenió mucho porque las únicas de su edad le habían dado la espalda por solidaridad con la tía Norma, se limitaban a saludarla y, sin disimulo, rechazaban las invitaciones de Susi para compartirles algunas de las revistas que compraba en el puesto de la terminal de autobuses.
                De cualquier manera, a la tía Susi le interesaba más estar cerca de los primos que de ellas; yo supe el porqué, de pura casualidad.
                Una tarde en que todos estaban fuera, unos por la escuela y otros por el trabajo, yo había regresado temprano de mis clases en la Normal cuando vi la puerta de la casa del tío Fede abierta y, sin pensarlo, entré.
                Lo que vi me confirmó lo que sospechaba: cerca del baño, a un lado del corredor, estaban el primo Elías y la tía Susi, abrazados y besándose apasionadamente. Con sigilo regresé sobre mis pasos y me dirigí a mi casa, que estaba justo frente a la del tío Fede; desde ahí, por una rendija de mi ventana, pude ver cómo, a los pocos minutos, el primo Elías salía y se iba. No lo quería creer; por eso me quedé unos minutos más viendo hacia la casa del tío Fede y vi que Pancho, otro de los primos, hermano de Carlos, entraba a la casa. Entonces, con las manos sudorosas, salí de mi habitación y entré detrás de Pancho. Por supuesto, la tía Susi lo esperaba, pero no en el corredor, ¡en su cuarto!
                La verdad, en ese momento sentí mucha indignación; a mi juicio, esas chingaderas no se las merecía el tío Fede, él era buena onda, a los primos siempre nos consentía y pensé: “no se vale hacerle eso, al menos los primos no. Si ella quiere andar de caliente pues que lo haga con otros, y en otro lado, no que ¡hasta en su cama!”
                Desde esa tarde, sólo buscaba la forma de cómo decirle al tío Fede lo que pasaba en su casa, y en su cama, mientras él se iba a trabajar; siempre que estaba a punto de hacerlo, me detenía, porque me daba lástima decirle: “tío: tu vieja te pone los cuernos ¡y con los primos!” Ya imaginaba su cara de tristeza, o su rabia, y temía que le diera el patatús y luego yo no pudiera vivir tranquilo por el resto de mis días.
                Entonces, se me ocurrió reclamarle a Susana, la “tía Susi”, pues; y trataba de agarrarla solita para decirle sus verdades; aunque también pensé que no me iba a hacer caso y seguiría haciendo lo mismo.
                Por estarla vigilando, me di cuenta de que Elías y Pancho entraban juntos a verla, como alacranes, y después de un rato salían, entre risas y con caras de satisfechos.
                Fue entonces que ya no me aguanté y nomás esperé que mis primos desaparecieran, entré a la casa del tío Fede para reclamarle a Susana sobre su comportamiento.
                Al entrar, alcancé a escuchar en el modular una de las canciones de Rocío Dúrcal, que siempre ponía mientras estaba en casa, y a ella entonándola en el baño.
                Para no arrepentirme de decirle sus cosas, decidí esperar a que saliera de bañarse. Me senté, con la impaciencia por recuperar la dignidad ultrajada de mi tío, en una silla del corredor mientras seguía escuchando a la Rocío con: “…quédate conmigo esta noche…”
                Cuando salió del baño, y entró al corredor, se sorprendió tanto de verme ahí, sentado, que pegó un grito y la toalla con la que enredaba su cuerpo húmedo se fue al piso.
                “¡Pinche Alberto!”, me reclamó, “¿cómo te apareces sin avisar? ¡Qué susto me has dado, cabrón! Ahora a ver cómo le haces para quitármelo, porque por poco me da un infarto…
                Yo me había quedado mudo de tanta admiración que sentí al ver su formidable cuerpo sin una prenda que le cubriera. Su cintura, sus pechos, sus piernas, su pubis… todo era perfecto, ¡con razón traía como locos a mis primos!
                “Disculpa…”, balbuceé. La verdad, la sangre me hervía y me estaba muriendo de excitación y deseo por abrazarla y tocar su maravilloso cuerpo.
                Mientras ella se envolvía otra vez en la toalla, se acercó a la silla y cantando el tema que se oía en toda la casa, me dijo al oído: “¿Quieres pasar a mi cuarto?”
                No contesté. La tía Susi me tomó de la mano y me dejé conducir con docilidad hacia su recámara.
                Desde entonces, cuando regreso de la escuela, me asomo por la rendija de mi ventana y, si veo la puerta  del tío Fede entreabierta, me dirijo hacia allá, donde ella me espera, trémula, sobre su espaciosa cama.
                En ocasiones, llega alguno de mis primos e igual, nos acomodamos; al fin, como dicen los que saben: los alacranes nunca andan solos.
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EL CLOSET
“Un amigo es uno que lo sabe todo de ti
y a pesar de ello te quiere.”
Elbert Hubbard

Daniel tenía diecisiete años cuando decidió reconocer que se había enamorado de Israel, su compañero de la prepa con quien convivía durante las horas libres que con frecuencia tenían en su escuela.
                Desde pequeño, cuando, sin que se dieran cuenta sus dos hermanas –una dos años menos y la otra dos años más que él− les tomaba sus vestidos y se los probaba, frente al espejo del ropero de sus padres, imitando sus modos para caminar y sus ademanes, supo que no era un niño “normal”.
                Para disimular su preferencia sexual, durante la secundaria, logró que su mejor amiga: Dolores, aceptara aparentar ser su novia, sólo porque sus compañeros comenzaban a hostigarlo con apodos, risitas y manoseos en sus glúteos cuando lo topaban por los pasillos de la escuela.
                En aquella época, Lola, como le decían todos a su amiga, fue su única confidente y ella supo, por la misma boca de Daniel, que a él no le interesaban las niñas, aunque tampoco sentía atracción por algún muchacho conocido.
                Pero cuando entró a la prepa y conoció a Israel, inmediatamente buscó la forma de hacerse su amigo y trató de disimular su amaneramiento que en ocasiones lo delataba pero, incluso, Israel mismo se mofaba del tono casi femenino que Daniel daba a sus palabras.
                De todos modos, a Israel no le importaban los comentarios y las sospechas que la forma apresuradita de caminar de su amigo despertaban entre sus compañeros y mantuvo su amistad durante dos semestres, compartiendo tiempos y apoyándose en la realización de tareas.
                Martín, el padre de Daniel, era ingeniero mecánico y había puesto su taller automotriz por el sur de la ciudad con la esperanza de que su único hijo varón siguiera sus pasos y viera como su futura herencia el oficio y el negocio. Por eso insistió en que Daniel estudiara en esa escuela donde le ofrecían el perfil de técnico automotriz; sin embargo, el muchacho repudiaba la idea de terminar el día engrasado, como su padre, y soñaba con estudiar ballet clásico o pertenecer, al menos, a un club de danza moderna donde pudiera desplegar sus mejores pasos al ritmo de una música sensual  y buena coreografía.
                Para desahogar un sentimiento que no podía externar con libertad ante su amigo, Daniel escribía canciones de sus artistas favoritos y copiaba poemas de un libro que le prestaban en “Letrópolis”, un club de lectura que había en su escuela; después agregaba dibujos que él mismo hacía y se los obsequiaba a su amigo.
                Estaban en el tercer semestre y era el último día de clases antes de irse de vacaciones en la temporada decembrina cuando Israel soltó un latigazo en la espalda de Daniel:
                −¿Qué crees? –le dijo mientras se dirigían a la dirección de la escuela para preguntar sobre un maestro que no había llegado−, Lilí es mi novia.
                −¿¡Qué!? –exclamó él.
                −Sí. Ayer la encontré en la plaza y nos pusimos a platicar. Me confió que yo le gusto pero que no tenía esperanzas porque pensaba que tú y yo éramos pareja.
                −¿Qué le dijiste? –preguntó Daniel casi con desesperación.
                −La verdad: que sólo somos amigos y que, además, también a mí ella me gustaba.
                −¿Y luego…?
                −Pues… nada: entramos al cine y ahí mismo nos besamos. ¿Por qué te has puesto serio?
                Daniel no contestó a la pregunta de su amigo. Con las manos en la boca corrió hacia el baño que estaba a unos cuantos metros; ahí, en una de las tazas, vomitó el desayuno que había tomado en casa antes de salir hacia la escuela.
                −¿Qué tienes? –le preguntó Israel sinceramente preocupado.
                −Nada. Vete. Voy a estar bien… no te preocupes –contestó Daniel con los ojos inundados por el llanto.
                −¿Por qué lloras? ¿Te duele algo? –insistió Israel.
                −¡Que te largues pendejo! –gritó Daniel− ¿No te das cuenta de que me lastimas con eso, porque te amo?
                −¡No manches! Yo te quiero, pero como amigo; si tú te confundiste y pensaste otra cosa, es tu problema. Espero recapacites y entiendas que yo no soy como tú. Luego nos vemos.
                Fue el último día que Daniel pisó la escuela. Aprovechando que su tío Chalo estaba de visita en casa, habiendo llegado de los Estados Unidos, le pidió que se lo llevara con él al país vecino.

                Después de cinco años, hace un mes se le volvió a ver por el zócalo de la ciudad tamarindera. Sólo que ahora viste pantalones entallados, tacones y blusas; además, su cabello rizado lo ha dejado largo, se lo pinta de rubio y se lo alacia, porque dice que ya salió del closet y ha cambiado su nombre: ahora es “Lady Gaga”.

domingo, 15 de diciembre de 2013

COMO UNA PERRA
                “No sabes cómo me duele hacerle esto”, le dije, al tiempo que él cerraba la puerta de la habitación.
                “Lo hecho, hecho está”, me contestó mientras se sentaba en el taburete, para quitarse los zapatos y los calcetines y dejarlos a un lado de mi vestido de novia.
                En un acto involuntario, tomé el control de la tele y la encendí en cualquier canal, sólo para distraer mi desconcierto por lo que acababa de hacer.
                Fueron breves segundos los que, al observar a Enrique, quitándose la ropa, me permití recuperar de golpe la ruta de los recientes acontecimientos que se convirtieron en la página más negra de mi vida.
                Él había sido el único novio que yo había tenido desde que terminé la preparatoria y me fui a estudiar a la ciudad de México en una escuela de periodismo. Cada fin de semana que regresaba nos veíamos, convivíamos y recuperábamos los días en que vivíamos distanciados al tener, él, que atender una refaccionaria ubicada por el periférico, y yo regresarme a la capital para continuar con mis estudios.
                Con Enrique supe de caricias plenas. Sus manos, como tentáculos, recorrían cada rincón de mi cuerpo con la sabiduría del que goza con el descubrimiento de nuevas sendas y con el asombro de encontrar cavernas inexploradas. Sus palabras, tan precisas, para acompañar cada respiración y cada suspiro, me “enchinaban” la piel cuando me las decía al oído.
                Desde la primera vez que tuvimos relaciones sexuales, dije que sería el único y pensé que terminaríamos casándonos. No necesitaba buscar más. En la escuela conocí a un chico que me movía el tapete pero pensaba en Enrique y lo mandaba por los jitomates a la Merced.
                Lo malo fue que no se decidía a pedirme que me casara con él. Por eso, cuando terminé mi carrera y me vine a trabajar como reportera independiente, en ésta, mi ciudad natal, tomé la iniciativa y, una tarde que estábamos en el zócalo y pasaron dos niños jugando, le dije: “Cuando nos casemos tendremos tres hijos porque es muy feo ser hija única, como yo.”
                “¿Cuándo te prometí que me casaría contigo?”, me contestó con un tono de broma pero que mi sensibilidad de mujer me hizo tomarlo en serio y lastimó mis sentimientos.
                Desde entonces, nuestra relación se fue enfriando y cada vez que a mi mente volvía el eco de su respuesta de aquel día, un nudo en la garganta amenazaba con asfixiarme hasta que cuatro lágrimas rodaban por mis mejillas.
                La verdad, yo lo quería mucho, era lo máximo para mí; sólo que, para desgracia de los dos, por esa época regresó Pablo de los Estados Unidos.
                Pablo había sido mi novio en la adolescencia. Íbamos los dos en la secundaria y vivíamos en la misma colonia. Con él supe del primer beso y las primeras caricias. Cuando terminamos la secundaria, a él se lo llevaron sus padres al país vecino y nosotros: mis padres y yo, nos cambiamos de domicilio porque mi papá compró un terreno en Tomatal.
                Pablo supo adónde nos fuimos a vivir porque siempre estuvimos en comunicación a través del facebook, de manera que no le costó trabajo encontrarme e insistirme para que volviéramos a ser novios. Tampoco me dio mucho trabajo aceptarlo y corté con Enrique, a pesar de lo mucho que lo quería, porque me di cuenta que, con él, “ni para atrás ni para adelante”.
                Pablo era un muchacho muy decente, había vuelto con recursos económicos para poner una papelería y quedarse definitivamente en México, por lo que a los pocos días me pidió que nos casáramos y pues… acepté.
                Lo que yo no sabía era que Pablo y Enrique eran amigos porque se habían conocido por el facebook, ya que Enrique había enviado invitación a muchos de los contactos que yo tenía, entre ellos a Pablo. Eso  me lo explicó Pablo mientras bailábamos el vals, en la fiesta de la boda, y vimos entrar a Enrique por la puerta del salón, en compañía de uno de sus amigos.
                Cuando estaba avanzada la fiesta, y con unos tragos de más, Enrique se acercó a nosotros y le pidió permiso a Pablo para bailar conmigo. Él aceptó y Enrique me condujo a la pista.
                Al sentir una de sus manos en mi cintura y la otra apretando mis dedos, me  hizo regresar a las tardes intensas que disfrutábamos cuando venía yo de la Cd. de México, buscando sus besos y sus abrazos.
                “Te espero en el estacionamiento”, me dijo al oído, “entras al asiento trasero de una camioneta negra que está junto a la puerta, tiene vidrios polarizados, no te verán”, agregó.
                No me dio tiempo de protestar ni de responder nada. Sabía que no me negaría. Pretexté que quería ir al sanitario para alejarme de Pablo y me dirigí al estacionamiento.
                Quien manejaba era su amigo. Él y yo íbamos en el asiento trasero. Nos abrazamos y nos besamos con pasión. Ahí mismo me quitó el vestido de novia. Cuando llegamos al hotel, Enrique y yo bajamos; su amigo se fue. Con el vestido de novia en las manos entré a la habitación y me tiré sobre el piso, como una perra.
                “¿Qué piensas?”, me preguntó, completamente desnudo y dirigiéndose hacia mí.

                “No pienso nada. Que sea lo que Dios quiera”, le contesté, poniéndome de pie, abrazándolo y llevándolo hacia la cama.

miércoles, 4 de diciembre de 2013

2.-LA SOGA

“El suicidio sólo debe mirarse
como una debilidad del hombre,
porque indudablemente es más fácil morir
que soportar sin tregua una vida
llena de amarguras.”

Johann Wolfgang Goethe (1749-1832)
 Poeta y dramaturgo alemán.

El silencio de su cuarto se interrumpe de pronto con un leve sollozo que le hace estremecerse por la decisión que ha tomado. Una lágrima, un grito ahogado en el nudo que amenaza con despedazar el último suspiro; después: nuevamente el silencio.
Clava su mirada en la soga que sostiene entre sus manos temblorosas, se sienta sobre el piso de barro viejo y se recarga con su espalda en el borde de la cama. Se acomoda los cabellos que cuelgan desde sus sienes −aún viste el uniforme de la escuela preparatoria en la que, hasta esa mañana, estudiaba el sexto semestre de bachillerato−. Sus libros y cuadernos yacen en desorden sobre la única mesa que hay en su cuarto. La computadora está encendida. Un mensaje rebota sobre la pantalla.
La vasija se rompe y el llanto contenido en ella toma cauce sobre sus mejillas. Con su lengua recupera el sabor salado de la corriente desbordada y lo lleva hasta su boca. De pronto, incorpora la cabeza y dispara hacia el techo la amargura aprisionada en  un grito que rebota en las cuatro paredes de su habitación y que hace vibrar el cristal de la única ventana, cubierta con una cortina azul de flores y estrellas.
Temblando, se recuesta sobre el piso; abre los ojos y estira un brazo para alcanzar una bola de papel que estaba junto a una pata de su cama. La desdobla y logra ver, entre el llanto que empapa su rostro,  el diez enorme, rojo, que obtuvo en su examen de matemáticas. Ella, la que siempre se quejaba por no entender nada a los maestros, la que rara vez entregaba los trabajos extra clases,  la que, en las exposiciones de Historia, temblaba desde las uñas de los dedos de las manos, hasta los talones…
Todos se admiraron. Hasta Bety, su mejor amiga, la miró sorprendida cuando el profe entregó los resultados.
“¿Cómo le hiciste?”, le preguntó durante el descanso.
No contestó. Se limitó a levantar los hombros en una indefinida respuesta.
Ahora una mueca gris se dibuja en su rostro.
“¿Cómo le hice?”, expresa para sí misma, en voz baja, casi en silencio, con un nuevo suspiro y otra lágrima escurriendo por su mejilla derecha.
“Como hacemos todos los que nos avergüenza reconocer que no la hacemos para el estudio −se contesta−, pagando con cuerpomatic…”
Todos saben, pero nadie lo dice. En su escuela, el lobo de la corrupción ha mordido los límites y algunos maestros piden dinero, botellas de licor, libros, y otros “favores” a cambio de aprobar su materia.
Alguna vez, uno de sus compañeros, a quien su maestro le hizo propuestas sexuales, lo comentó con su abuela, con la que vivía y le sostenía los estudios, e hicieron una investigación tanto directivos como padres; pero, en encuesta con  los muchachos, todos hablaron muy bien del maestro y el único que salió perdiendo fue el alumno que tuvo que irse a exámenes extraordinarios y perdió un año para poder recibir sus papeles.
Cecilia sabía que no era la primera en aceptar ser amable con el profe, a cambio de ese diez que le hizo tomar la decisión y ahora le incendia el pecho y le derrite las entrañas.
Por eso, cuando el maestro le dijo: “si quieres pasar mi materia, ya sabes cómo…”, no dudó en aceptar la invitación a “comer” y una tarde de mayo, cuando se acercaba el periodo de exámenes, dejó, discretamente, sobre el escritorio del profesor, el número de su teléfono celular para que le llamara y se pusieran de acuerdo para verse.
Ahora, con la mirada perdida, ausente, se incorpora dejando sobre el piso la huella de la humedad de su cuerpo, por el sudor y sus lágrimas. La tarde ha caído. Las primeras sombras de la noche inundan la humilde vivienda donde vive con sus padres, quienes trabajan en una farmacia, en el centro de la ciudad.
Este día salió temprano de clases. Los maestros se reunirían para organizar la fiesta de clausura del ciclo escolar.
Al salir de la escuela pasó al mercado a comprar el lazo; llegando a casa se encerró en su cuarto, encendió la sencilla computadora que sus padres pudieron comprarle a crédito y cambió el mensaje en el protector de pantalla; como pudo y con el rostro empapado por el sudor y el llanto, hizo un nudo corredizo en una de las puntas y se sentó a llorar su desventura.
Con decisión, empujada por la sensación de movimiento que percibe en su vientre desde que recibió los resultados de laboratorio que le confirmaron su embarazo, cuelga la soga de uno de los travesaños de madera que sostienen el techo de teja de su casa, ata la otra punta en el respaldo de la cama, sube a una silla que tiene junto a su mesa de estudio, acomoda la soga en su cuello y, con un leve puntapié, termina con aquella mala suerte que le orilló a entregarse a su maestro para no reprobar el examen final.

            El mensaje de la computadora sigue rebotando; sólo dice: “Adiós papás”.

domingo, 1 de diciembre de 2013

1.- EL MENSAJERO

“En general,
los hombres juzgan más por los ojos
que por la inteligencia,
pues todos pueden ver,
pero pocos comprenden lo que ven.”

Nicolás Maquiavelo (1469-1527)
Historiador, político y teórico italiano.

Ángel vivía solo. Todas las noches salía, del cuarto que rentaba en una vecindad cercana a la Ciudad Industrial, donde trabajaba, para dirigirse a un cyber y rentar por dos horas una computadora donde conectarse a la red para tener, al menos, un rato de conversación con aquellos amigos virtuales que se había conseguido por medio de los correos que había extraído de las cadenas que le llegaban y que había agregado a sus contactos.
A los veinticuatro años de edad, sin su mujer ni su pequeña hija, que lo abandonaron para regresar a la casa paterna de la madre, su vida se enrollaba en la rutina de su empleo, mal pagado, en la fábrica de cantera, y en su empecinada afición al carrujo de mariguana que fumaba todas las noches antes de meterse en la soledad de las calientes sábanas de su cama.
Pero aquella noche fue distinto. Después de releer los mensajes que se había auto enviado la noche anterior, como el mejor amigo que no había podido conseguir ni con alguno de sus compañeros de trabajo, y a punto de cerrar el Messenger y con ello la esperanza de llevarse el sabor dulce de dos palabras afectuosas, un relámpago azul le iluminó la mirada desde el cuadro del mensajero.
“Hola”, le saludó Servando.
“Hola”, contestó Ángel.
“¿Qué haces?”
“Aquí, a punto de irme”, respondió. “¿Quién eres?”, agregó.
“Tu conciencia. Así que dime: ¿por qué colgaste a tu gato?”
− ¡Chin, el pinche gato! –exclamó con un grito que se incrustó en los audífonos de dos chavos que estaban en otras máquinas descargando música para sus celulares.
“¿Por qué no contestas?”, insistió Servando.
“¿Me conoces? ¿Cómo sabes que tengo un gato?” Escribió con ansiedad, observando de reojo al encargado, como temiendo que desde su asiento lograra leer su conversación.
“Olvida eso. Mejor piensa en lo que están pasando tu mujer y tu hija.  ¿Sabías que en el jardín de niños donde estudia Janet hubo un brote de hepatitis y está hospitalizada?”
“No…” Respondió titubeante Ángel. “¿Cómo lo sabes?”
“¡Qué importa! Seguramente también ignoras los riesgos que corre tu ex todas las noches al regresar de su trabajo de mesera a altas horas de la madrugada, ¿verdad?”
“¿Quién eres?”, preguntó intrigado. “¿Cómo conseguiste mi dirección?”, agregó.
“Ya te dije: soy tu conciencia. Tu dirección la conseguí de una cadena.”
“¿Qué quieres? Dime quién eres o me desconecto de inmediato”, escribió Ángel.
“No te precipites. No me conoces y, la verdad: tampoco te conozco. Soy vidente. ¿Sabes qué es eso? Puedo ver tu pasado. Ya sé, quieres una prueba. Bueno: ¿ya olvidaste cuando violaste a Perlita, aquella pequeñita de siete años que vivía a un lado de tu casa, en la colonia donde rentaban tus padres? Nadie lo supo y nadie sospechó de ti, apenas tenías diecisiete años. La niña se desangró y murió. Jamás supieron quién fue.”
Ángel no respondió ante esa afirmación. Cuando eso ocurrió estuvo completamente seguro de que nadie se había dado cuenta. Además, los padres de la pequeña eran amigos de ellos y a esa hora se suponía que él estaba en la prepa, pero había llegado temprano y no había nadie en su casa ni en la de Perlita, a quien habían dejado sola, viendo la televisión.
Recordó que sólo por curiosidad se asomó por la ventana al interior de la vivienda y la vio, sobre el sofá, mal sentada, con sus piernitas abiertas. Entonces, fue a su casa y sacó un cigarro, arreglado con mariguana, que fumó con desesperación en el baño mientras intentaba masturbarse.
Después no supo cómo logró que Perlita le abriera; sólo recuerda que salió de la casa de la niña cubriendo su entrepierna con la pantaletita de ella y, ya en su cuarto, la guardó en su mochila para tirarla al día siguiente en el canal.
“¿Por qué no dices nada?”, preguntó Servando.
            No respondió. Inmediatamente cerró el cuadro de conversación y se desconectó del Messenger. Pidió la cuenta, pagó y salió del cyber. Eran las diez y media de la noche. Temeroso, volteaba hacia todos lados creyendo ver en cada rostro y en cada sombra la amenaza del cibernauta que conocía su delito. Sin soportar más la presión echó a correr hasta llegar a la puerta del cuartito que rentaba para vivir, teniendo a su gato como única compañía.
            El cuadro que vio al entrar y encender la luz, lo dejó sin aliento. De una de las vigas del techo colgaba un lazo y en una de las puntas estaba el animal, muerto, abierto en canal y con los intestinos de fuera, desangrado completamente.

            No pudo más. Con los nervios devastados, bajó al gato, acercó una silla, subió a ella, acomodó el lazo alrededor de su cuello y dejó que el nudo hiciera su labor para escapar, así, de la fuerza vengadora que había surgido desde su conciencia en el mensajero de la Internet.