La pechugona
José I. Delgado Bahena
Desde que entramos al quinto
semestre, y se fueron presentando nuestros maestros que nos darían clases, me
di cuenta de que algo había visto en mí esta nueva maestra a la que todos
apodaron de inmediato, por razones lógicas, como “la pechugona”.
Yo
estaba muy chavo, pero, a mis diecisiete años, intuí que algo estaba por pasar
en mi vida desde ese momento.
En
ese entonces, tenía mi novia y nunca me había imaginado que me involucraría por
completo con mis sentimientos, con atracción física y el impacto emocional al
cien, que hasta me sentía de más edad, es decir: más hombre.
Al
salir de la secundaria, mi padre me advirtió: “Mira, hijo”, me dijo una noche
después de merendar, “de por sí los Ochoa tenemos mucha suerte con las mujeres,
y luego que, pues no eres feo; debes tener cuidado y no dejarte enredar por
cualquier muchachita que luego nomás comprometen. Piensa que si tu madre
viviera, a ella le gustaría verte convertido en profesionista y ser responsable
con tu vida”.
En
esos momentos en que mi padre me hablaba de mamá, yo sentía mucha ansiedad por
no haberla conocido, ya que él me había dicho: “Murió en la Cd. de México, donde
vivíamos cuando tú naciste, sus familiares la cremaron y sus cenizas se las
llevaron a Chihuahua, su tierra natal.
Mi
padre me contó que, por más que peleó su derecho, no logró convencerlos de que
le dejaran sepultar su cuerpo y, decepcionado y triste, decidió traerme a
Iguala para que creciera yo al cuidado de mi abuela paterna.
Así
crecí, amando una imagen desconocida. En casa teníamos sólo una foto de mamá,
enmarcada en un cuadrito donde salía con papá, muy jóvenes ellos, como de
dieciséis años, y en la actualidad él se veía muy cambiado.
Así
que, desde el primer día que nos dio clases “la pechugona”, me di cuenta que
ella hacía todo para darme a entender que era su preferido y tuve que enfrentar
las burlas de mis compañeros.
Siempre
que necesitaba que se le apoyara en algo: tomar asistencia, llevar un documento
a la dirección, llevarle sus cosas a otro salón, me pedía que yo lo hiciera.
Los
compañeros me decían: “Ten cuidado, Jesús, te va a violar”. Yo les respondía
con una sonrisa y me dejaba llevar por mis desenfrenados deseos al imaginar que
la maestra y yo tuviéramos relaciones.
Por
eso, debo reconocer que, poco a poco, fui aceptando ese sentimiento y esa
atracción hacia la maestra Armida, “la pechugona”, con mi fantasía desbordada
al pensar que retábamos al mundo con la realización de un amor jamás vivido.
Yo
aceptaba las atenciones y los regalos de la maestra; con esos detalles fue
creciendo algo muy bonito en mi corazón que, con el paso de los días, se
convirtió en algo más que amistad hacia esa mujer de treinta y cinco años que
había aparecido en mi vida.
Por
supuesto, yo no le platiqué nada a papá, porque seguramente no habría aprobado
lo que yo sentía hacia mi profesora. Ella me invitaba a comer durante el receso
y acaparaba mis tiempos libres; por eso decidí terminar mi relación con Alexia,
la chava que fue mi novia desde el primer semestre.
La
verdad, ella nunca me dijo algo más allá de un “te quiero”, “cuídate”, “eres
muy guapo”, y otras cosas que me hacían pensar y sentir como una hoguera en mi
pecho. Además, nuestras convivencias se limitaban al espacio cerrado y limitado
de la escuela; por eso, creo que el que estuvo mal fui yo, al pensar en otras
cosas.
A
veces eso me confundía, pero todo se aclaró, desgraciadamente, el día en que yo
tenía que ir a presentar mi examen para ingresar al Poli y nos encontramos en
el autobús para ir a la Ciudad de México.
Mi
padre y yo estábamos ubicados ya en nuestros asientos cuando ella subió
acompañada de una chava como de mi edad y se sentaron un poco adelante de
nosotros. Mi papá no la advirtió; pero, durante el viaje, yo aproveché para
comentarle sobre ella y decirle que me sentía muy emocionado porque, a pesar de
la diferencia de edad, pensaba que podía vivir algo muy padre.
Él
se asombró, pero me dijo que respetaría mi decisión porque le había demostrado
que era muy sensato en mis asuntos.
Entonces,
cuando llegamos a la terminal, en la Cd. de México, al recoger nuestras
maletas, nos encontramos de frente y tuve la oportunidad de presentársela.
“Mira
papá”, le dije, “ella es la maestra de la que te hablé.”
Él
no dijo nada. Sólo me tomó del brazo y me condujo hacia el fondo de los andenes.
Allí, con la vista sobre el piso, me pidió perdón por ocultarme las cosas.
“Esa
mujer es tu madre, hijo”, me susurró, “no murió, se fue con otro joven cuando
tú tenías medio año de nacido. No sé cómo nos encontró, pero te pido que no
sigas cultivando el sentimiento que tienes hacia ella, no lo merece.”