Manual para Perversos

Manual para Perversos

domingo, 1 de diciembre de 2013

1.- EL MENSAJERO

“En general,
los hombres juzgan más por los ojos
que por la inteligencia,
pues todos pueden ver,
pero pocos comprenden lo que ven.”

Nicolás Maquiavelo (1469-1527)
Historiador, político y teórico italiano.

Ángel vivía solo. Todas las noches salía, del cuarto que rentaba en una vecindad cercana a la Ciudad Industrial, donde trabajaba, para dirigirse a un cyber y rentar por dos horas una computadora donde conectarse a la red para tener, al menos, un rato de conversación con aquellos amigos virtuales que se había conseguido por medio de los correos que había extraído de las cadenas que le llegaban y que había agregado a sus contactos.
A los veinticuatro años de edad, sin su mujer ni su pequeña hija, que lo abandonaron para regresar a la casa paterna de la madre, su vida se enrollaba en la rutina de su empleo, mal pagado, en la fábrica de cantera, y en su empecinada afición al carrujo de mariguana que fumaba todas las noches antes de meterse en la soledad de las calientes sábanas de su cama.
Pero aquella noche fue distinto. Después de releer los mensajes que se había auto enviado la noche anterior, como el mejor amigo que no había podido conseguir ni con alguno de sus compañeros de trabajo, y a punto de cerrar el Messenger y con ello la esperanza de llevarse el sabor dulce de dos palabras afectuosas, un relámpago azul le iluminó la mirada desde el cuadro del mensajero.
“Hola”, le saludó Servando.
“Hola”, contestó Ángel.
“¿Qué haces?”
“Aquí, a punto de irme”, respondió. “¿Quién eres?”, agregó.
“Tu conciencia. Así que dime: ¿por qué colgaste a tu gato?”
− ¡Chin, el pinche gato! –exclamó con un grito que se incrustó en los audífonos de dos chavos que estaban en otras máquinas descargando música para sus celulares.
“¿Por qué no contestas?”, insistió Servando.
“¿Me conoces? ¿Cómo sabes que tengo un gato?” Escribió con ansiedad, observando de reojo al encargado, como temiendo que desde su asiento lograra leer su conversación.
“Olvida eso. Mejor piensa en lo que están pasando tu mujer y tu hija.  ¿Sabías que en el jardín de niños donde estudia Janet hubo un brote de hepatitis y está hospitalizada?”
“No…” Respondió titubeante Ángel. “¿Cómo lo sabes?”
“¡Qué importa! Seguramente también ignoras los riesgos que corre tu ex todas las noches al regresar de su trabajo de mesera a altas horas de la madrugada, ¿verdad?”
“¿Quién eres?”, preguntó intrigado. “¿Cómo conseguiste mi dirección?”, agregó.
“Ya te dije: soy tu conciencia. Tu dirección la conseguí de una cadena.”
“¿Qué quieres? Dime quién eres o me desconecto de inmediato”, escribió Ángel.
“No te precipites. No me conoces y, la verdad: tampoco te conozco. Soy vidente. ¿Sabes qué es eso? Puedo ver tu pasado. Ya sé, quieres una prueba. Bueno: ¿ya olvidaste cuando violaste a Perlita, aquella pequeñita de siete años que vivía a un lado de tu casa, en la colonia donde rentaban tus padres? Nadie lo supo y nadie sospechó de ti, apenas tenías diecisiete años. La niña se desangró y murió. Jamás supieron quién fue.”
Ángel no respondió ante esa afirmación. Cuando eso ocurrió estuvo completamente seguro de que nadie se había dado cuenta. Además, los padres de la pequeña eran amigos de ellos y a esa hora se suponía que él estaba en la prepa, pero había llegado temprano y no había nadie en su casa ni en la de Perlita, a quien habían dejado sola, viendo la televisión.
Recordó que sólo por curiosidad se asomó por la ventana al interior de la vivienda y la vio, sobre el sofá, mal sentada, con sus piernitas abiertas. Entonces, fue a su casa y sacó un cigarro, arreglado con mariguana, que fumó con desesperación en el baño mientras intentaba masturbarse.
Después no supo cómo logró que Perlita le abriera; sólo recuerda que salió de la casa de la niña cubriendo su entrepierna con la pantaletita de ella y, ya en su cuarto, la guardó en su mochila para tirarla al día siguiente en el canal.
“¿Por qué no dices nada?”, preguntó Servando.
            No respondió. Inmediatamente cerró el cuadro de conversación y se desconectó del Messenger. Pidió la cuenta, pagó y salió del cyber. Eran las diez y media de la noche. Temeroso, volteaba hacia todos lados creyendo ver en cada rostro y en cada sombra la amenaza del cibernauta que conocía su delito. Sin soportar más la presión echó a correr hasta llegar a la puerta del cuartito que rentaba para vivir, teniendo a su gato como única compañía.
            El cuadro que vio al entrar y encender la luz, lo dejó sin aliento. De una de las vigas del techo colgaba un lazo y en una de las puntas estaba el animal, muerto, abierto en canal y con los intestinos de fuera, desangrado completamente.

            No pudo más. Con los nervios devastados, bajó al gato, acercó una silla, subió a ella, acomodó el lazo alrededor de su cuello y dejó que el nudo hiciera su labor para escapar, así, de la fuerza vengadora que había surgido desde su conciencia en el mensajero de la Internet.

No hay comentarios:

Publicar un comentario