OTRO FAUSTO
Desde que conoció a José Luis se dio cuenta de que era la persona que
había estado esperando toda la vida. Su porte, su estilo, su mirada, el tono de
su voz, sus manos… todo le había impresionado; de manera que se propuso,
primero, lograr su amistad y, después, hacerlo suyo para siempre a costa de lo
que fuera.
Su afecto lo
obtuvo con facilidad. En la tienda de aparatos electrodomésticos donde
trabajaban les asignaron a los dos el mismo departamento. Por lo tanto, e
inevitablemente, el frecuente trato y el compartir esa responsabilidad, les
obligaba a comer juntos todos los días e, incluso, a verse en algunos fines de
semana.
Así, al convivir
en sus tiempos libres, fueron descubriendo su afinidad en la música, las
películas, los programas de televisión y hasta en los alimentos, lo que
propició que su amistad fuera echando raíces profundas y fortalecidas, más con
las atenciones que José Luis le prodigaba al llevarle algunos discos que él
mismo grababa, en su computadora, con canciones románticas que le hacían
concebir grandes esperanzas.
Con el paso de
los meses fue creciendo en su pecho un sentimiento que le mantenía en vela
durante las calurosas madrugadas de primavera y le llevó a tomar decisiones
importantes para su vida al considerar que correría cualquier riesgo con el
propósito de lograr que el amor que sentía por su amigo encontrara una
correspondencia, aunque fuera mínima, y así poder sobrevivir al angustioso
charco de la incertidumbre.
Un día,
aprovechando que no tenían mucho trabajo, le preguntó:
-¿Cuál es tu más
grande sueño?
-Primero,
ascender aquí, en la empresa; así, ganar más para juntar dinero y pedirle al
amor de mi vida que se case conmigo -contestó José Luis.
-¿Y quién es el
“amor de tu vida”? -le interrogó con un tono de resentimiento por los celos provocados
por esa conversación.
-No te puedo
decir, por ahora. La verdad nadie lo sabe, ni la persona interesada. Sólo
espero que no me rechace.
No le preguntó
más. Se dirigió a una computadora y abrió una página de internet que le
interesaba mucho.
Estaba tan
concentrado que no advirtió la cercanía de José Luis.
-¿Qué haces
Fausto? -le dijo su amigo, observando atentamente el monitor.
-Este…, buscando
información… para mi hermana. Quiere que le arreglen su nariz. Pero, mejor
luego busco -le respondió, al tiempo que cerraba la página que leía-. ¿Te puedo
ayudar en algo?
-No. No te
preocupes -respondió José Luis arqueando las cejas sobre aquellos ojos cafés de
los que Fausto vivía enamorado-, no hay mucho trabajo.
Con la información
que ya tenía, se puso en contacto con un cirujano de la Ciudad de México el
cual, a cambio de una fuerte cantidad de dinero, que terminaría con sus ahorros
de toda la vida, aceptó realizarle la intervención quirúrgica para su
reasignación de sexo y convertirlo en “Fausta”.
Hizo el depósito
bancario al cirujano plástico y, ya que tuvo todo listo, solicitó sus
vacaciones ante la empresa. A José Luis le dijo que iría al pueblo de sus
padres, donde no hay señal de celular, de manera que estarían sin comunicarse
durante sus dos semanas de descanso.
-Te voy a
extrañar, flaco -le dijo su amigo con un tono diferente en sus palabras.
-Yo también; pero,
verás que cuando regrese todo será mejor.
-Sí, claro. Cuídate
mucho y pórtate bien, eh -le pidió José Luis a un asombrado Fausto que no sabía
cómo interpretar el tono de las palabras de su amigo.
Con esa confusión
se fue al D.F. donde le realizaron la operación que le llenaba el alma de
ilusiones para, ya convertido en mujer, poder conquistar a José Luis.
Como la
recuperación de esa operación no fue tan rápida, llamó a la empresa y pidió por
teléfono un mes sin goce de sueldo, para asegurar que no tuviera complicaciones
y volver con toda la confianza en busca de José Luis.
A su regreso, lo
primero que hizo fue llamarle por teléfono con una voz nueva, propiciada por
las hormonas que le habían suministrado durante el tratamiento. Le dijo que él
no la conocía, pero le pedía que se vieran para platicar ya que tenía que
tratarle un asunto del que dependía su vida misma.
Ante esta
disyuntiva, su amigo aceptó y quedaron de verse en un café del centro de la
ciudad.
Al llegar José
Luis, lo primero que vio fue a una mujer muy hermosa que, sin preámbulos, le
dijo:
-Quiero que sepas
que estoy enamorada de ti; te conozco desde hace tiempo y el mayor de mis
anhelos es tener, al menos, la oportunidad de conquistarte.
José Luis, con un
tono desmadejado por aquella declaración, y sin intención de querer lastimar
con sus palabras a quien le ofrecía su cariño pleno, le confesó:
-No sabes cuánto
siento no corresponderte como esperas. No puedo ofrecerte nada porque mi
corazón está comprometido. Estoy enamorado de mi amigo Fausto, sólo espero que
él regrese de sus vacaciones para decírselo, y si, como sospecho, siente lo
mismo que yo, le propondré que nos casemos en el Distrito Federal, donde están
autorizadas este tipo de relaciones.
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