COMO UNA PERRA
“No sabes cómo me
duele hacerle esto”, le dije, al tiempo que él cerraba la puerta de la
habitación.
“Lo hecho, hecho
está”, me contestó mientras se sentaba en el taburete, para quitarse los
zapatos y los calcetines y dejarlos a un lado de mi vestido de novia.
En un acto
involuntario, tomé el control de la tele y la encendí en cualquier canal, sólo
para distraer mi desconcierto por lo que acababa de hacer.
Fueron breves
segundos los que, al observar a Enrique, quitándose la ropa, me permití
recuperar de golpe la ruta de los recientes acontecimientos que se convirtieron
en la página más negra de mi vida.
Él había sido el
único novio que yo había tenido desde que terminé la preparatoria y me fui a
estudiar a la ciudad de México en una escuela de periodismo. Cada fin de semana
que regresaba nos veíamos, convivíamos y recuperábamos los días en que vivíamos
distanciados al tener, él, que atender una refaccionaria ubicada por el
periférico, y yo regresarme a la capital para continuar con mis estudios.
Con Enrique supe
de caricias plenas. Sus manos, como tentáculos, recorrían cada rincón de mi
cuerpo con la sabiduría del que goza con el descubrimiento de nuevas sendas y
con el asombro de encontrar cavernas inexploradas. Sus palabras, tan precisas,
para acompañar cada respiración y cada suspiro, me “enchinaban” la piel cuando
me las decía al oído.
Desde la primera
vez que tuvimos relaciones sexuales, dije que sería el único y pensé que
terminaríamos casándonos. No necesitaba buscar más. En la escuela conocí a un
chico que me movía el tapete pero pensaba en Enrique y lo mandaba por los
jitomates a la Merced.
Lo malo fue que
no se decidía a pedirme que me casara con él. Por eso, cuando terminé mi
carrera y me vine a trabajar como reportera independiente, en ésta, mi ciudad
natal, tomé la iniciativa y, una tarde que estábamos en el zócalo y pasaron dos
niños jugando, le dije: “Cuando nos casemos tendremos tres hijos porque es muy
feo ser hija única, como yo.”
“¿Cuándo te
prometí que me casaría contigo?”, me contestó con un tono de broma pero que mi
sensibilidad de mujer me hizo tomarlo en serio y lastimó mis sentimientos.
Desde entonces,
nuestra relación se fue enfriando y cada vez que a mi mente volvía el eco de su
respuesta de aquel día, un nudo en la garganta amenazaba con asfixiarme hasta
que cuatro lágrimas rodaban por mis mejillas.
La verdad, yo lo
quería mucho, era lo máximo para mí; sólo que, para desgracia de los dos, por
esa época regresó Pablo de los Estados Unidos.
Pablo había sido
mi novio en la adolescencia. Íbamos los dos en la secundaria y vivíamos en la
misma colonia. Con él supe del primer beso y las primeras caricias. Cuando
terminamos la secundaria, a él se lo llevaron sus padres al país vecino y
nosotros: mis padres y yo, nos cambiamos de domicilio porque mi papá compró un
terreno en Tomatal.
Pablo supo adónde
nos fuimos a vivir porque siempre estuvimos en comunicación a través del
facebook, de manera que no le costó trabajo encontrarme e insistirme para que
volviéramos a ser novios. Tampoco me dio mucho trabajo aceptarlo y corté con
Enrique, a pesar de lo mucho que lo quería, porque me di cuenta que, con él,
“ni para atrás ni para adelante”.
Pablo era un
muchacho muy decente, había vuelto con recursos económicos para poner una papelería
y quedarse definitivamente en México, por lo que a los pocos días me pidió que
nos casáramos y pues… acepté.
Lo que yo no sabía
era que Pablo y Enrique eran amigos porque se habían conocido por el facebook,
ya que Enrique había enviado invitación a muchos de los contactos que yo tenía,
entre ellos a Pablo. Eso me lo explicó
Pablo mientras bailábamos el vals, en la fiesta de la boda, y vimos entrar a
Enrique por la puerta del salón, en compañía de uno de sus amigos.
Cuando estaba
avanzada la fiesta, y con unos tragos de más, Enrique se acercó a nosotros y le
pidió permiso a Pablo para bailar conmigo. Él aceptó y Enrique me condujo a la
pista.
Al sentir una de
sus manos en mi cintura y la otra apretando mis dedos, me hizo regresar a las tardes intensas que
disfrutábamos cuando venía yo de la Cd. de México, buscando sus besos y sus
abrazos.
“Te espero en el
estacionamiento”, me dijo al oído, “entras al asiento trasero de una camioneta
negra que está junto a la puerta, tiene vidrios polarizados, no te verán”,
agregó.
No me dio tiempo
de protestar ni de responder nada. Sabía que no me negaría. Pretexté que quería
ir al sanitario para alejarme de Pablo y me dirigí al estacionamiento.
Quien manejaba
era su amigo. Él y yo íbamos en el asiento trasero. Nos abrazamos y nos besamos
con pasión. Ahí mismo me quitó el vestido de novia. Cuando llegamos al hotel,
Enrique y yo bajamos; su amigo se fue. Con el vestido de novia en las manos
entré a la habitación y me tiré sobre el piso, como una perra.
“¿Qué piensas?”,
me preguntó, completamente desnudo y dirigiéndose hacia mí.
“No pienso nada.
Que sea lo que Dios quiera”, le contesté, poniéndome de pie, abrazándolo y
llevándolo hacia la cama.
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