EL CLOSET
“Un amigo es uno que lo
sabe todo de ti
y a pesar de ello te
quiere.”
Elbert Hubbard
Daniel tenía diecisiete años cuando decidió reconocer que se había
enamorado de Israel, su compañero de la prepa con quien convivía durante las
horas libres que con frecuencia tenían en su escuela.
Desde pequeño,
cuando, sin que se dieran cuenta sus dos hermanas –una dos años menos y la otra
dos años más que él− les tomaba sus vestidos y se los probaba, frente al espejo
del ropero de sus padres, imitando sus modos para caminar y sus ademanes, supo
que no era un niño “normal”.
Para disimular su
preferencia sexual, durante la secundaria, logró que su mejor amiga: Dolores,
aceptara aparentar ser su novia, sólo porque sus compañeros comenzaban a
hostigarlo con apodos, risitas y manoseos en sus glúteos cuando lo topaban por
los pasillos de la escuela.
En aquella época,
Lola, como le decían todos a su amiga, fue su única confidente y ella supo, por
la misma boca de Daniel, que a él no le interesaban las niñas, aunque tampoco
sentía atracción por algún muchacho conocido.
Pero cuando entró
a la prepa y conoció a Israel, inmediatamente buscó la forma de hacerse su
amigo y trató de disimular su amaneramiento que en ocasiones lo delataba pero,
incluso, Israel mismo se mofaba del tono casi femenino que Daniel daba a sus
palabras.
De todos modos, a
Israel no le importaban los comentarios y las sospechas que la forma
apresuradita de caminar de su amigo despertaban entre sus compañeros y mantuvo
su amistad durante dos semestres, compartiendo tiempos y apoyándose en la
realización de tareas.
Martín, el padre
de Daniel, era ingeniero mecánico y había puesto su taller automotriz por el
sur de la ciudad con la esperanza de que su único hijo varón siguiera sus pasos
y viera como su futura herencia el oficio y el negocio. Por eso insistió en que
Daniel estudiara en esa escuela donde le ofrecían el perfil de técnico
automotriz; sin embargo, el muchacho repudiaba la idea de terminar el día
engrasado, como su padre, y soñaba con estudiar ballet clásico o pertenecer, al
menos, a un club de danza moderna donde pudiera desplegar sus mejores pasos al
ritmo de una música sensual y buena
coreografía.
Para desahogar un
sentimiento que no podía externar con libertad ante su amigo, Daniel escribía
canciones de sus artistas favoritos y copiaba poemas de un libro que le
prestaban en “Letrópolis”, un club de lectura que había en su escuela; después
agregaba dibujos que él mismo hacía y se los obsequiaba a su amigo.
Estaban en el
tercer semestre y era el último día de clases antes de irse de vacaciones en la
temporada decembrina cuando Israel soltó un latigazo en la espalda de Daniel:
−¿Qué crees? –le
dijo mientras se dirigían a la dirección de la escuela para preguntar sobre un
maestro que no había llegado−, Lilí es mi novia.
−¿¡Qué!? –exclamó
él.
−Sí. Ayer la
encontré en la plaza y nos pusimos a platicar. Me confió que yo le gusto pero
que no tenía esperanzas porque pensaba que tú y yo éramos pareja.
−¿Qué le dijiste?
–preguntó Daniel casi con desesperación.
−La verdad: que
sólo somos amigos y que, además, también a mí ella me gustaba.
−¿Y luego…?
−Pues… nada:
entramos al cine y ahí mismo nos besamos. ¿Por qué te has puesto serio?
Daniel no
contestó a la pregunta de su amigo. Con las manos en la boca corrió hacia el
baño que estaba a unos cuantos metros; ahí, en una de las tazas, vomitó el
desayuno que había tomado en casa antes de salir hacia la escuela.
−¿Qué tienes? –le
preguntó Israel sinceramente preocupado.
−Nada. Vete. Voy
a estar bien… no te preocupes –contestó Daniel con los ojos inundados por el
llanto.
−¿Por qué lloras?
¿Te duele algo? –insistió Israel.
−¡Que te largues
pendejo! –gritó Daniel− ¿No te das cuenta de que me lastimas con eso, porque te
amo?
−¡No manches! Yo
te quiero, pero como amigo; si tú te confundiste y pensaste otra cosa, es tu
problema. Espero recapacites y entiendas que yo no soy como tú. Luego nos
vemos.
Fue el último día
que Daniel pisó la escuela. Aprovechando que su tío Chalo estaba de visita en
casa, habiendo llegado de los Estados Unidos, le pidió que se lo llevara con él
al país vecino.
Después de cinco
años, hace un mes se le volvió a ver por el zócalo de la ciudad tamarindera.
Sólo que ahora viste pantalones entallados, tacones y blusas; además, su
cabello rizado lo ha dejado largo, se lo pinta de rubio y se lo alacia, porque
dice que ya salió del closet y ha cambiado su nombre: ahora es “Lady Gaga”.
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